Ceuta está viviendo estos días un temblor que, por suerte, no ha dejado grietas ni sustos reales. Se trata del gran simulacro de terremoto organizado con la participación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y más de una decena de instituciones. Un despliegue impresionante de medios, coordinación y nervios controlados que ha convertido a la ciudad en un auténtico laboratorio de emergencias.
Ceuta está viviendo estos días un temblor que, por suerte, no ha dejado grietas ni sustos reales. Se trata del gran simulacro de terremoto organizado con la participación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y más de una decena de instituciones. Un despliegue impresionante de medios, coordinación y nervios controlados que ha convertido a la ciudad en un auténtico laboratorio de emergencias.
Y es que, aunque a muchos pueda sonar exagerado, entrenar para un desastre natural no es un juego. Las catástrofes no avisan y, cuando llegan, ponen a prueba tanto los protocolos como la sangre fría de quienes deben actuar. Este simulacro ha demostrado que Ceuta no se conforma con mirar desde la barrera: quiere estar preparada, incluso para lo que parece improbable.
Más allá de los uniformes y las sirenas, el ejercicio deja una enseñanza clara: la prevención salva vidas. En tiempos en los que las redes sociales convierten todo en espectáculo, conviene recordar que detrás de cada ensayo hay horas de trabajo silencioso y de compromiso público. No se trata solo de mover camiones y desplegar tiendas de campaña, sino de garantizar que, si algún día la tierra tiembla de verdad, nadie se quede sin respuesta.
Ojalá que no haga falta poner en práctica lo aprendido. Pero si el día llega, Ceuta habrá demostrado que sabe reaccionar con cabeza, coordinación y coraje. Porque prepararse para lo peor, paradójicamente, es una de las mejores señales de madurez colectiva que una ciudad puede dar.
