El debate sobre la enfermería escolar vuelve a la mesa y vuelve a alzarse la voz reclamando algo tan lógico como necesario: un convenio claro entre la Ciudad y el Ministerio de Educación. No hablamos de una ocurrencia pasajera, sino de una petición que lleva años rondando mientras los centros educativos continúan funcionando con soluciones improvisadas.
El debate sobre la enfermería escolar vuelve a la mesa y vuelve a alzarse la voz reclamando algo tan lógico como necesario: un convenio claro entre la Ciudad y el Ministerio de Educación. No hablamos de una ocurrencia pasajera, sino de una petición que lleva años rondando mientras los centros educativos continúan funcionando con soluciones improvisadas.
Porque seamos sinceros: si hay un lugar donde debería haber profesionales sanitarios, es en los colegios. Cada día conviven menores con alergias, enfermedades crónicas o necesidades especiales, y confiar en que el profesorado pueda con todo es pedirles que hagan milagros. La ciudadanía, cansada de silencios administrativos, pide algo tan básico como seguridad para sus hijos.
El problema sigue siendo el mismo de siempre: las competencias se pasan de un despacho a otro mientras las familias quedan en medio. Que ambas administraciones firmen un convenio estable y claro no es un capricho; es el paso mínimo para que esto deje de ser un “ya veremos”.
Y no se trata solo de atender emergencias. La enfermera escolar aporta prevención, educación sanitaria y un acompañamiento que evita sustos y mejora el día a día en los centros. Es una figura normalizada en otras comunidades, así que no hay razones de peso para que aquí siga siendo un debate interminable.
En esta cuestión no se trata de colores ni de partidos: se trata de los niños, de las familias y de la tranquilidad que merecen. Y ya va siendo hora de que quienes pueden firmar el convenio dejen de mirar hacia otro lado.
