La Autopista Nacional
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Hay dolores que se ven y otros que se aprenden a esconder. Estos últimos son, quizá, los más difíciles de explicar. Quien atraviesa un problema de salud mental puede levantarse, vestirse, salir a la calle, sonreír e incluso hacer reír a los demás mientras por dentro libra una batalla que nadie conoce. Y lo peor es que muchas veces esa batalla se pelea en soledad, rodeado de personas que no alcanzan a imaginar lo que está ocurriendo.

Hay dolores que se ven y otros que se aprenden a esconder. Estos últimos son, quizá, los más difíciles de explicar. Quien atraviesa un problema de salud mental puede levantarse, vestirse, salir a la calle, sonreír e incluso hacer reír a los demás mientras por dentro libra una batalla que nadie conoce. Y lo peor es que muchas veces esa batalla se pelea en soledad, rodeado de personas que no alcanzan a imaginar lo que está ocurriendo.

El último informe de SALUD MENTAL ESPAÑA vuelve a poner delante de nosotros una realidad que llevamos demasiado tiempo apartando de la mirada. Mujeres, niñas y adolescentes con problemas de salud mental sufren violencia, desprotección y vulneraciones de derechos. Y detrás de cada dato no hay un número: hay una persona. Una madre, una hija, una hermana, una amiga. Alguien que necesita ayuda y que demasiadas veces encuentra silencio, incomprensión o una puerta cerrada.

La salud mental sigue siendo una de esas cuestiones de las que todos hablamos cuando ocurre una tragedia y que olvidamos cuando desaparece de los titulares. No debería ser así. Se sufre muchísimo, muchísimo más de lo que desde fuera podemos imaginar. Hay personas agotadas de pedir ayuda, familias que no saben dónde acudir y profesionales que hacen cuanto pueden dentro de un sistema que necesita más medios, más tiempo y, sobre todo, más humanidad. No podemos acostumbrarnos a que pedir una cita, recibir un seguimiento adecuado o encontrar apoyo psicológico a tiempo termine convirtiéndose en una carrera de obstáculos.

Y quizá deberíamos preguntarnos cuánto de lo que sucede hoy en nuestra sociedad tiene detrás un sufrimiento emocional que nadie detectó o atendió cuando todavía estábamos a tiempo. La violencia, las adicciones, el aislamiento, el fracaso escolar, determinadas conductas autodestructivas o tantas vidas que terminan rompiéndose no pueden explicarse únicamente desde la salud mental, porque sería injusto y simplista hacerlo. Pero tampoco podemos seguir ignorando que una sociedad que abandona psicológicamente a sus ciudadanos acaba pagando un precio enorme.

Por eso hay que hablar. Hablar sin vergüenza, sin señalar y sin convertir a quien necesita ayuda en alguien débil o diferente. Y, sobre todo, escuchar. Escuchar de verdad a quien un día reúne fuerzas para decir “no puedo más” antes de que sea demasiado tarde. Porque cuidar la salud mental no consiste únicamente en tratar una enfermedad. Consiste en proteger la dignidad de las personas. Y detrás de muchas sonrisas que vemos cada día puede haber alguien librando en silencio la batalla más difícil de su vida.

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Ceuta, Miercoles 16 de Septiembre del 2026

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