Hay que tener muy poca vergüenza política y todavía menos sensibilidad humana para salir a dar lecciones después de lo ocurrido en Ceuta los días 30 y 31 de julio. Mohamed VI, el monarca que gobierna Marruecos con mano de hierro, ha tenido el descaro de denunciar las "declaraciones irresponsables" de determinados políticos y medios de comunicación españoles, además de acusarlos de instrumentalizar la crisis migratoria. Lo dice precisamente quien debería empezar por explicar qué responsabilidad tuvo su país en aquella avalancha humana y por qué Marruecos no fue capaz de impedir semejante tragedia. Pero lo verdaderamente indignante es su silencio sobre los más de cien fallecidos que, según las cifras que se vienen manejando, dejó aquella dramática entrada masiva. Ni una palabra de recuerdo, ni un gesto de humanidad, ni una muestra de respeto hacia quienes perdieron la vida. Parece que a Mohamed VI no le importan ni sus propios muertos.
Hay que tener muy poca vergüenza política y todavía menos sensibilidad humana para salir a dar lecciones después de lo ocurrido en Ceuta los días 30 y 31 de julio. Mohamed VI, el monarca que gobierna Marruecos con mano de hierro, ha tenido el descaro de denunciar las "declaraciones irresponsables" de determinados políticos y medios de comunicación españoles, además de acusarlos de instrumentalizar la crisis migratoria. Lo dice precisamente quien debería empezar por explicar qué responsabilidad tuvo su país en aquella avalancha humana y por qué Marruecos no fue capaz de impedir semejante tragedia. Pero lo verdaderamente indignante es su silencio sobre los más de cien fallecidos que, según las cifras que se vienen manejando, dejó aquella dramática entrada masiva. Ni una palabra de recuerdo, ni un gesto de humanidad, ni una muestra de respeto hacia quienes perdieron la vida. Parece que a Mohamed VI no le importan ni sus propios muertos.
Resulta especialmente insultante escuchar al rey marroquí hablar de presiones, amenazas y chantajes cuando su régimen lleva años utilizando la inmigración como instrumento de presión diplomática sobre España. Porque aquí nadie puede olvidar que los flujos migratorios parecen convertirse en un grifo que se abre o se cierra según convenga a los intereses de Rabat. Cuando las relaciones son buenas, la vigilancia fronteriza funciona; cuando llegan las discrepancias, las fronteras parecen perder de repente toda su eficacia. Y después aparece Mohamed VI, con su habitual arrogancia, pretendiendo convencernos de que los culpables son quienes denuncian lo sucedido. ¡Hay que tener cara!
Tampoco deja de ser una enorme muestra de hipocresía que el monarca marroquí señale a los medios de comunicación españoles mientras en su propio país se alimenta constantemente el discurso de las supuestas "ciudades ocupadas" para referirse a Ceuta y Melilla. Dos ciudades españolas cuya soberanía no está en discusión para España y que no van a dejar de serlo porque desde Rabat se repita una mentira mil veces. ¿De qué instrumentalización habla Mohamed VI cuando permite que el discurso oficial y los medios afines a su régimen cuestionen nuestra integridad territorial? Lo que verdaderamente le molesta no es que se manipule la realidad, sino que existan periodistas y políticos españoles que no estén dispuestos a guardar silencio ante sus maniobras.
Y mientras este monarca se dedica a repartir reproches desde la comodidad de sus palacios, miles de marroquíes siguen buscando fuera de su país las oportunidades que no encuentran dentro. Jóvenes que arriesgan su vida en el mar, menores que cruzan fronteras y familias que viven sin perspectivas de futuro. Esa debería ser su principal preocupación, pero resulta mucho más cómodo señalar a España que asumir las carencias de su propio régimen. También tiene la desfachatez de criticar los retrasos en la repatriación de menores, cuando Marruecos debería ser el primer interesado en colaborar de manera efectiva, con todas las garantías legales, para ofrecer soluciones a sus propios ciudadanos.
Mohamed VI debería entender de una vez que España no tiene por qué aceptar sus lecciones de moral ni sus advertencias diplomáticas. Mucho menos después de una tragedia que ha dejado muertos, sufrimiento y una ciudad profundamente golpeada. Si alguien tiene que dar explicaciones es precisamente quien gobierna el país del que partieron aquellas miles de personas. Porque instrumentalizar la inmigración es convertir la desesperación humana en una herramienta política, y utilizar el discurso territorial para presionar a un vecino tampoco es precisamente un ejemplo de buena convivencia. Ceuta merece respeto, España merece respeto y, por encima de todo, los fallecidos merecen una dignidad que Mohamed VI ni siquiera ha tenido la sensibilidad de reconocer públicamente. Ese silencio retrata mucho mejor al monarca marroquí que todos sus discursos juntos.