Está muy bien que el rey Felipe VI recibiese ayer a Juan Vivas en Marivent para conocer de primera mano cómo ha vivido Ceuta la mayor crisis migratoria de su historia reciente. Está bien que se interese, que pregunte y que quiera escuchar al presidente de la Ciudad. Nadie puede reprocharle eso. El problema es que Ceuta no necesitaba una reunión en Palma. Ceuta necesitaba a su Rey aquí.
Está muy bien que el rey Felipe VI recibiese ayer a Juan Vivas en Marivent para conocer de primera mano cómo ha vivido Ceuta la mayor crisis migratoria de su historia reciente. Está bien que se interese, que pregunte y que quiera escuchar al presidente de la Ciudad. Nadie puede reprocharle eso. El problema es que Ceuta no necesitaba una reunión en Palma. Ceuta necesitaba a su Rey aquí.
Mientras miles de personas cruzaban la frontera y una ciudad española veía cómo su capacidad quedaba completamente desbordada, el jefe del Estado debía haber hecho las maletas y presentarse en Ceuta. No unos días después, ni cuando todo estuviera más tranquilo. Desde el primer momento. Porque para eso representa a todos los españoles. También a los que viven al otro lado del Estrecho.
Hay una realidad que cada vez cuesta más entender. Desde que Felipe VI fue proclamado Rey, Ceuta y Melilla siguen siendo las únicas ciudades españolas que no han recibido una visita oficial de los Reyes. Han recorrido prácticamente toda España, han estado donde ha habido incendios, inundaciones, atentados y tragedias. Han acompañado a ciudadanos en los momentos más difíciles. ¿Por qué aquí no? ¿Qué hace diferente a Ceuta? La sensación que queda es que la respuesta no está en España, sino al otro lado de la frontera.
Porque cuesta creer que un Rey de España no visite una parte de su propio país por miedo a incomodar a Mohamed VI o a provocar un nuevo enfado diplomático con Marruecos. Si esa es la razón, sería un mensaje devastador. Ningún jefe de un Estado extranjero debería marcar los límites de la agenda del jefe del Estado español. Ceuta no necesita permiso de Rabat para recibir a su Rey. Ceuta es España. Lo ha sido siempre y lo seguirá siendo.
Lo ocurrido hace apenas una semana fue mucho más que una crisis migratoria. Fue un desafío a la soberanía nacional. Se puso a prueba la capacidad del Estado para defender una de sus fronteras y se utilizó a miles de personas como instrumento de presión política. Eso merece una respuesta mucho más firme de la que hasta ahora se ha dado. España no puede seguir reaccionando con prudencia cada vez que Marruecos decide tensar la cuerda. Y Europa tampoco puede mirar hacia otro lado cuando uno de sus Estados miembros ve comprometida su frontera exterior.
Los ceutíes no esperan discursos grandilocuentes ni fotografías institucionales. Esperan hechos. Esperan sentir que forman parte del mismo país que cualquier otro español. La visita del Rey habría sido el mayor símbolo de apoyo posible, una forma de decir que nadie está solo cuando se pone en cuestión la integridad del territorio nacional. Esa oportunidad se dejó escapar.
La reunión de Marivent habrá sido importante, sin duda. Pero no sustituye lo que de verdad hacía falta. Felipe VI aún está a tiempo de venir, de caminar por las calles de Ceuta, de mirar a los ojos a quienes vivieron aquellos días de angustia y de demostrar, con su presencia y no solo con sus palabras, que esta ciudad ocupa el mismo lugar en la Corona que cualquier otra parte de España. Porque eso es exactamente lo que Ceuta merece y lo que muchos españoles llevan demasiado tiempo esperando.
