Hay una cifra que debería hacer que a más de uno se le ponga la piel de gallina: 80.000 personas llegaron a Ceuta en apenas 48 horas, según ha reconocido este lunes el ministro Ángel Víctor Torres. No lo dice un partido de la oposición, ni una organización crítica con el Gobierno, ni una fuente anónima. Lo dice un ministro del Gobierno de España. Y si esa cifra es cierta, cuesta entender que durante días se haya transmitido la sensación de que poco menos que todo estaba bajo control.
Hay una cifra que debería hacer que a más de uno se le ponga la piel de gallina: 80.000 personas llegaron a Ceuta en apenas 48 horas, según ha reconocido este lunes el ministro Ángel Víctor Torres. No lo dice un partido de la oposición, ni una organización crítica con el Gobierno, ni una fuente anónima. Lo dice un ministro del Gobierno de España. Y si esa cifra es cierta, cuesta entender que durante días se haya transmitido la sensación de que poco menos que todo estaba bajo control.
Ahora llega el momento de las soluciones. Torres anuncia más efectivos, nuevos espacios y un refuerzo de la atención a los menores, mientras sitúa el reagrupamiento familiar como la primera prioridad. Todo eso está bien. Es necesario y llega tarde, pero llega. Porque no es razonable que una ciudad de las dimensiones de Ceuta tenga que afrontar prácticamente sola una situación de semejante magnitud.
Pero hay algo que no puede perderse de vista: Ceuta no puede convertirse en el lugar donde se acumulan todos los problemas que nadie sabe dónde colocar. Los menores necesitan protección, atención y una solución digna. Y los ceutíes también tienen derecho a vivir con normalidad, a recuperar sus calles y a saber que, cuando ocurre una emergencia de estas dimensiones, el Estado está realmente detrás de ellos y no aparece cuando las cámaras ya están encendidas.
La visita de varios ministros en los próximos días puede ser una buena señal. Pero Ceuta ya ha escuchado muchas promesas y ha visto pasar demasiadas crisis. Lo que necesita ahora no son únicamente declaraciones de solidaridad, sino medios, decisiones y resultados. Si el Gobierno reconoce que llegaron 80.000 personas en 48 horas y que la ciudad estuvo al borde del colapso, lo mínimo que puede hacer es estar a la altura de lo que esa cifra significa.
Porque después de la emergencia llega siempre la pregunta más incómoda: ¿y ahora qué? Ceuta necesita respuestas. Y, esta vez, tiene derecho a exigir que lleguen antes de que vuelva a ser demasiado tarde.
