Cada vez son más las personas mayores que se encuentran con un muro invisible cuando tratan de realizar gestiones que, antes, eran tan simples como acercarse a una ventanilla. Hoy todo pasa por una aplicación, una clave digital o una página web que no siempre resulta intuitiva. Esta realidad está dejando fuera a una parte de nuestra sociedad que, tras haber trabajado y aportado durante décadas, merece soluciones prácticas y cercanas.
Cada vez son más las personas mayores que se encuentran con un muro invisible cuando tratan de realizar gestiones que, antes, eran tan simples como acercarse a una ventanilla. Hoy todo pasa por una aplicación, una clave digital o una página web que no siempre resulta intuitiva. Esta realidad está dejando fuera a una parte de nuestra sociedad que, tras haber trabajado y aportado durante décadas, merece soluciones prácticas y cercanas.
Por eso resulta muy acertado plantear un plan específico de apoyo frente a la brecha digital. No se trata solo de enseñar a usar un móvil o un ordenador, sino de garantizar que los mayores puedan acceder a servicios públicos, gestiones bancarias o incluso trámites sanitarios sin depender siempre de terceros. Darles autonomía es también darles dignidad.
A la par, la propuesta de crear un registro de electrodependientes merece todo el respaldo. Hablamos de personas cuya vida depende directamente del suministro eléctrico: pacientes que necesitan respiradores, equipos médicos o tratamientos en casa. Saber quiénes son y dónde están permitiría reaccionar con rapidez en situaciones de emergencia, como apagones o catástrofes naturales, evitando que una simple incidencia eléctrica se convierta en una tragedia.
Este tipo de iniciativas no son un lujo, sino una obligación moral en una sociedad que aspira a ser justa y solidaria. La tecnología no puede convertirse en un filtro que excluya, y la salud de quienes dependen de ella no debería estar a merced de la improvisación.
Apostar por los mayores y por quienes más necesitan apoyo no es un gesto político, sino un acto de humanidad. Y ahí es donde deberíamos encontrarnos todos, sin colores ni etiquetas, solo con el compromiso de cuidar a quienes más lo merecen.