La caída del pino de Calamocarro no ha abierto únicamente un debate medioambiental en Ceuta; ha vuelto a poner en primer plano una forma de gestionar marcada por la minimización de los problemas y la ausencia de autocrítica. Cuando desde la Consejería se transmite que la pérdida era “inevitable” o que no se puede estar pendiente de todos los árboles, lo que se proyecta no es realismo: es resignación política.
La caída del pino de Calamocarro no ha abierto únicamente un debate medioambiental en Ceuta; ha vuelto a poner en primer plano una forma de gestionar marcada por la minimización de los problemas y la ausencia de autocrítica. Cuando desde la Consejería se transmite que la pérdida era “inevitable” o que no se puede estar pendiente de todos los árboles, lo que se proyecta no es realismo: es resignación política.
Y ahí está el fondo del asunto. Porque este episodio no se percibe como un hecho aislado, sino como otro capítulo de un desgaste que viene de atrás. Alejandro Ramírez ya arrastraba críticas por su papel en sociedades municipales, con una imagen de pérdida de control y de funciones desdibujadas, en detrimento de otros responsables.
A ello se suma un precedente político evidente: cuando Juan Vivas le retiró Fomento y Transportes y esas competencias pasaron a Martínez Peñalver, el mensaje fue nítido. No era una simple reorganización técnica; era una señal de desgaste y de falta de confianza.
Cuando se acumulan los síntomas, ya no basta con explicar. Toca asumir responsabilidades ante los ciudadanos de Ceuta.