Hay declaraciones que pueden interpretarse como una provocación diplomática y hay declaraciones que, directamente, retratan la ignorancia histórica de quien las pronuncia. Las últimas palabras del ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, pertenecen a la segunda categoría. Afirmar que Ceuta y Melilla constituyen un supuesto «derecho histórico y geográfico» de Marruecos y reclamar que su soberanía vuelva a ponerse sobre la mesa cada vez que Madrid y Rabat se sienten a hablar no es una reivindicación razonable: es intentar convertir una ficción política en una verdad histórica. Y hacerlo precisamente ahora, después de la gravísima invasión sufrida por Ceuta, resulta todavía más desafiante para España y, sobre todo, para los ceutíes.
Hay declaraciones que pueden interpretarse como una provocación diplomática y hay declaraciones que, directamente, retratan la ignorancia histórica de quien las pronuncia. Las últimas palabras del ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, pertenecen a la segunda categoría. Afirmar que Ceuta y Melilla constituyen un supuesto «derecho histórico y geográfico» de Marruecos y reclamar que su soberanía vuelva a ponerse sobre la mesa cada vez que Madrid y Rabat se sienten a hablar no es una reivindicación razonable: es intentar convertir una ficción política en una verdad histórica. Y hacerlo precisamente ahora, después de la gravísima invasión sufrida por Ceuta, resulta todavía más desafiante para España y, sobre todo, para los ceutíes.
Conviene recordar algo elemental que parece haberse olvidado al otro lado de la frontera debido a la falta de escasez de vida inteligente: Ceuta no nació como ciudad marroquí para ser posteriormente arrebatada por España. Su historia es muy anterior a la existencia del actual Estado marroquí. Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y quedó vinculada posteriormente a la Corona española en el contexto de la unión de las coronas ibéricas; tras la separación de Portugal, su vinculación con España quedó consolidada. Melilla, por su parte, quedó incorporada a la Corona de Castilla en 1497. Marruecos, como Estado independiente, no nació hasta 1956. Pretender utilizar hoy una inexistente continuidad histórica del actual Marruecos para cuestionar territorios cuya vinculación con las coronas ibéricas precede en siglos a la independencia marroquí es, sencillamente, manipular la historia para fabricar un argumento político, o ganas de tocar los huevos, algo que desde Marruecos ya han demostrado que hacen muy bien, pero bueno, esto es Ceuta y tendrán que mamar.
Y hay otra cuestión que Ouahbi debería comprender, aunque su débil intelecto sea un gran handicap para lograrlo, y especialmente por ocupar la cartera de Justicia (que me rio yo de la justicia que hay en Marruecos): Ceuta y Melilla no son fichas de intercambio diplomático. No son dos territorios que España pueda entregar porque Rabat los reclame ni dos asuntos pendientes que necesiten una comisión para decidir a qué país pertenecen. Son ciudades españolas, con ciudadanos españoles, instituciones españolas, leyes españolas y frontera exterior de la Unión Europea. El Gobierno de España acaba de trasladar oficialmente a Marruecos su «rechazo tajante» a cualquier planteamiento distinto.
Lo verdaderamente irritante de las palabras de Ouahbi es que llegan además después de semanas en las que Ceuta ha soportado una presión extraordinaria. Mientras los ceutíes afrontaban las consecuencias de una entrada masiva de migrantes, mientras los servicios públicos, las fuerzas de seguridad y la propia ciudad trataban de absorber una situación excepcional, desde Rabat se vuelve a poner sobre la mesa la reivindicación territorial. Y eso tiene un nombre muy sencillo: Tocar los huevos o seguir demostrando una y otra vez la tremenda ignorancia que existe en el país vecino. Marruecos puede disfrazarla de diálogo, de derechos históricos o de argumentos geográficos, pero los ceutíes saben perfectamente lo que significa que su ciudad vuelva a aparecer como objeto de una reclamación cada vez que Rabat considera oportuno elevar el tono.
Y quizá el ministro marroquí debería dedicar algo más de tiempo a la Justicia de su propio país. Si quiere hablar de responsabilidades, derechos, seguridad y futuro, tiene un campo de trabajo considerablemente amplio dentro de sus propias fronteras. Marruecos afronta problemas sociales y económicos muy serios, desigualdades, pobreza, corrupción y fenómenos como el narcotráfico y la delincuencia que requieren respuestas políticas y judiciales. Es mucho más útil que un ministro de Justicia se ocupe de garantizar derechos y seguridad a sus ciudadanos que de alimentar reivindicaciones territoriales sobre dos ciudades que son españolas y europeas, pero claro, aunque el mono se vista de seda, mono se queda.
Porque hay algo que Marruecos debería entender de una vez: Ceuta no está en venta, Melilla no está en venta y su soberanía no está en una mesa de negociación. España puede y debe mantener relaciones diplomáticas, económicas, comerciales y de cooperación con Marruecos. Puede dialogar sobre migración, seguridad, terrorismo, pesca, comercio o cualquier otro asunto de interés común. Pero una cosa es dialogar y otra muy diferente aceptar que el interlocutor convierta la existencia de dos ciudades españolas en una cuestión abierta.
Ouahbi puede repetir cien veces que existe un «derecho histórico». Puede hablar de geografía, de patria y de diálogo. Puede intentar envolver una reivindicación territorial en un lenguaje diplomático. La historia seguirá siendo la que es y la soberanía seguirá siendo la que es. Y si alguien pretende revisar las fronteras recurriendo a relatos históricos construidos a conveniencia, quizá debería empezar por explicar por qué ese supuesto derecho aparece siglos después de la incorporación de Ceuta y Melilla a las coronas ibéricas y mucho después del nacimiento del propio Estado marroquí.
A los ceutíes no les hace falta que ningún ministro extranjero les explique quiénes son. Son españoles porque Ceuta es España. Lo ha sido durante siglos y lo sigue siendo hoy. Y si Rabat quiere una relación seria, estable y respetuosa con Madrid, debería empezar por entender que la amistad entre dos países no puede construirse mientras uno de ellos mantiene permanentemente sobre la mesa la pretensión de quedarse con una parte del otro. La respuesta española ha sido tajante. La respuesta de Ceuta debería serlo también: con la soberanía española no se juega, la historia no se manipula y Ceuta no se negocia. ¿Te ha quedado claro, lumbreras?
