Viajar en clase “Club” o “Premium” debería ser sinónimo de comodidad, atención y calidad. Es lo que cualquier cliente espera cuando paga un suplemento considerable por un servicio supuestamente mejorado. Sin embargo, la experiencia reciente con FRS demuestra que, en ocasiones, la realidad está muy lejos de esa promesa.
Viajar en clase “Club” o “Premium” debería ser sinónimo de comodidad, atención y calidad. Es lo que cualquier cliente espera cuando paga un suplemento considerable por un servicio supuestamente mejorado. Sin embargo, la experiencia reciente con FRS demuestra que, en ocasiones, la realidad está muy lejos de esa promesa.
Desde el primer momento, la acogida ya deja mucho que desear: una ensalada incomible y un paté que nadie toca, ofrecidos como carta de presentación. Cuando uno rechaza el tentempié, en lugar de ofrecer una alternativa o simplemente retirarlo con cortesía, la respuesta es insólita: te invitan a llevártelo. Como si el problema fuera el plato en sí y no la calidad del servicio.
La situación empeora cuando descubres que la mitad de la sala está cerrada, obligando a los pasajeros que han pagado por un espacio más exclusivo a compartir mesa con desconocidos, algo que genera incomodidad generalizada. Y si alguien, con toda lógica, intenta retirar las cintas que bloquean el acceso a las zonas vacías, la respuesta del personal es poco menos que hostil: “las cintas están para algo”. Por supuesto que están para algo, pero también lo está el salón, que debería estar abierto para quien ha pagado precisamente para evitar este tipo de situaciones.
La sensación que queda es clara: FRS trata a sus pasajeros como a un rebaño, conduciéndolos de un lado a otro según su conveniencia, olvidando que el respeto y la atención al cliente no son opcionales, son esenciales. Pagar por una clase “Premium” para acabar siendo tratado como un número más no solo es una falta de profesionalidad, es un desprecio al cliente.
Viajar debería ser una experiencia agradable, y más aún cuando se hace un esfuerzo económico adicional para ello. FRS debería recordar que la fidelidad de sus clientes no se garantiza a base de cintas separadoras y respuestas groseras, sino a través de un servicio de calidad y un trato digno. Si no, será cuestión de tiempo que muchos opten por otras navieras que sí sepan valorar a quienes confían en ellos.