Editorial
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Hay imágenes que explican una situación mucho mejor que cualquier discurso. Y la de esta tarde en la Plaza de la Constitución es una de ellas. Miles de ceutíes juntos, sin importar de qué barrio venían, qué religión profesan o a quién votan. Una plaza llena para decir algo que, después de lo ocurrido, muchos llevan días pensando: ya está bien.

Hay imágenes que explican una situación mucho mejor que cualquier discurso. Y la de esta tarde en la Plaza de la Constitución es una de ellas. Miles de ceutíes juntos, sin importar de qué barrio venían, qué religión profesan o a quién votan. Una plaza llena para decir algo que, después de lo ocurrido, muchos llevan días pensando: ya está bien.

No era una manifestación de un partido. Ni de Juan Vivas. Ni de la Comunidad Hindú. Ni de la comunidad musulmana, cristiana o hebrea. Tampoco era una manifestación para que los políticos se hicieran la foto. Hoy la foto era otra. La de los ciudadanos. La de miles de personas que han salido de sus casas porque están preocupadas, porque tienen miedo por el futuro de su ciudad y porque sienten que durante demasiado tiempo Ceuta ha tenido que resolver sola problemas que no le corresponden únicamente a ella.

Y eso es, probablemente, lo más importante que ha ocurrido esta tarde. Ceuta ha dejado por unas horas sus diferencias a un lado. Aquí no había colores políticos. No había credos enfrentados. No había barrios de primera o de segunda. Había ceutíes. Personas que viven en una ciudad pequeña, fronteriza, acostumbrada a convivir con dificultades que muchas veces se comprenden muy poco desde fuera.

Porque los ceutíes están cansados. Cansados de que cada vez que ocurre algo grave se les diga que hay que tener paciencia. Cansados de escuchar que todo está bajo control mientras ellos son quienes viven al otro lado de la frontera y ven las consecuencias. Cansados, también, de tener la sensación de que Madrid se acuerda de Ceuta cuando hay un problema, pero después vuelve a olvidarse de ella.

El Gobierno de España tiene mucho que explicar y, sobre todo, mucho que hacer. Ceuta no está pidiendo un trato de favor. Está pidiendo que el Estado cumpla con su obligación, que proteja su frontera, que dote a la ciudad de los medios necesarios y que no deje a sus ciudadanos solos cuando la situación se desborda. Después de lo ocurrido, decir simplemente que se está trabajando ya no parece suficiente para una parte importante de la ciudadanía.

Y tampoco se puede ignorar el malestar que existe con Marruecos. Los ceutíes quieren vivir tranquilos, tener una frontera segura y mantener relaciones de vecindad normales. Pero eso no significa que tengan que aceptar que su ciudad sea utilizada como escenario de una presión que termina pagando la gente de a pie. Ceuta quiere respeto. Y lo quiere de todos.

Quizá por eso la ausencia de algunos representantes institucionales haya quedado en un segundo plano. Porque hoy no se trataba de contar quién estaba y quién no estaba. Se trataba de mirar la plaza y ver quién había acudido. Y allí estaba Ceuta. Una Ceuta que, con sus contradicciones y sus problemas, ha demostrado que cuando llega el momento de defenderse a sí misma sabe ponerse de acuerdo.

Ha sido una tarde emocionante. No porque todo el mundo pensara exactamente lo mismo, sino precisamente porque personas muy diferentes han sido capaces de compartir una misma preocupación y un mismo deseo: que Ceuta siga siendo una ciudad segura, tranquila y abierta, pero también una ciudad protegida.

El mensaje final ha sido sencillo: “Ceuta no se rinde”. Y quizá sea esa la frase que más debería escucharse ahora en Madrid y también al otro lado de la frontera. Porque los ceutíes pueden estar preocupados, enfadados e incluso sentirse olvidados, pero no están dispuestos a resignarse.

Esta tarde no ha hablado un partido. No ha hablado una religión. No ha hablado un Gobierno. Ha hablado Ceuta. Y después de lo que ha ocurrido, sería un error volver a mirar hacia otro lado.

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Ceuta, Lunes 10 de Agosto del 2026

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