Editorial
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Caminar por Ceuta empieza a dar asco y miedo a partes iguales. Asco por la desfachatez con la que desde los despachos oficiales se sigue vendiendo un espejismo de estabilidad, y miedo porque el silencio de las calles ya tiene el peso de un velatorio. No hace falta esperar al parte de defunción: el tejido económico de esta ciudad no está en crisis, está siendo liquidado a plena luz del día ante la mirada estúpida y cómplice de quienes cobran un sueldo público por no mover un solo dedo.

Caminar por Ceuta empieza a dar asco y miedo a partes iguales. Asco por la desfachatez con la que desde los despachos oficiales se sigue vendiendo un espejismo de estabilidad, y miedo porque el silencio de las calles ya tiene el peso de un velatorio. No hace falta esperar al parte de defunción: el tejido económico de esta ciudad no está en crisis, está siendo liquidado a plena luz del día ante la mirada estúpida y cómplice de quienes cobran un sueldo público por no mover un solo dedo.

​El centro urbano ya no es un motor comercial, es un cementerio de persianas metálicas con candados oxidados y carteles mugrientos de liquidación. Destruyeron el modelo fronterizo de la noche a la mañana sin tener preparado absolutamente nada para sustituirlo; vendieron el cuento chino de una aduana comercial que no es más que una burla diplomática de Rabat consentida por la cobardía de Madrid; y han dejado a los autónomos, comerciantes y hosteleros ahogándose en fletes marítimos usureros y una maraña burocrática ciega. Quien hoy levanta una persiana en Ceuta no es un empresario: es un mártir al que el sistema exprime hasta sacarle la última gota de sangre antes de obligarlo a emigrar.

​Lo verdaderamente repugnante es el cinismo del poder local y central. Asisten a la sangría con la indiferencia del carnicero en el matadero. Su plan maestro para esta tierra se reduce a dos vías: la nómina pública para los colocados del régimen o el subsidio de subsistencia para los desamparados. Han convertido a Ceuta en un campamento militarizado y subsidiado, incapaz de producir riqueza, expulsando a patadas a su juventud y castigando a quien intenta prosperar por su cuenta.

​Nos están dejando una cáscara vacía, un cascarón de hormigón donde no queda ni una gota de iniciativa privada. No hay futuro en una tierra donde el único negocio rentable es la resignación. Y cuando caiga el último comercio y las calles se conviertan en un páramo desierto, que los parásitos que nos malgobiernan no busquen culpables fuera: fueron ellos quienes, con su incompetencia y su desprecio, firmaron la sentencia de muerte de Ceuta.

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Ceuta, Sábado 10 de Octubre del 2026

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