El partido Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC) de Fátima Hamed ha vuelto a hacer un llamamiento al presidente Sánchez para que priorice la gestión de la presión migratoria en Ceuta, una cuestión que no solo es de suma importancia, sino que además merece una atención constante. Sin embargo, es notable la insistencia del MDyC en dirigir sus demandas exclusivamente al Gobierno de España, mientras que, curiosamente, evita dirigir cualquier reproche hacia Marruecos o hacia su monarca, Mohamed VI. Esta omisión plantea una serie de preguntas legítimas sobre las verdaderas motivaciones del partido y su liderazgo.
El partido Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC) de Fátima Hamed ha vuelto a hacer un llamamiento al presidente Sánchez para que priorice la gestión de la presión migratoria en Ceuta, una cuestión que no solo es de suma importancia, sino que además merece una atención constante. Sin embargo, es notable la insistencia del MDyC en dirigir sus demandas exclusivamente al Gobierno de España, mientras que, curiosamente, evita dirigir cualquier reproche hacia Marruecos o hacia su monarca, Mohamed VI. Esta omisión plantea una serie de preguntas legítimas sobre las verdaderas motivaciones del partido y su liderazgo.
Es evidente que la situación migratoria en Ceuta no puede ser abordada eficazmente sin considerar el papel fundamental que juega Marruecos. El reino alauita, bajo la dirección de Mohamed VI, no solo controla el flujo migratorio hacia la frontera ceutí, sino que en numerosas ocasiones ha utilizado este fenómeno como herramienta de presión política. Sin embargo, en lugar de señalar estas prácticas como problemáticas y exigir a Marruecos que asuma su responsabilidad, el MDyC parece optar por una estrategia de silencio selectivo. ¿Por qué no se atreve Fátima Hamed a pedir cuentas a Mohamed VI, quien, al fin y al cabo, es quien tiene en sus manos el destino de miles de personas que se lanzan al mar en busca de una vida mejor?
La respuesta a esta pregunta podría estar en la relación compleja y a menudo ambigua que algunos sectores políticos en Ceuta mantienen con Marruecos. Es posible que criticar abiertamente al monarca marroquí o a su gobierno podría conllevar consecuencias diplomáticas o sociales que el MDyC prefiere evitar. Sin embargo, al no hacerlo, el partido corre el riesgo de ser percibido como cómplice pasivo de un sistema que perpetúa el sufrimiento de los migrantes y la inestabilidad en Ceuta. No se trata solo de criticar al Gobierno español, sino de abordar la raíz del problema con valentía y coherencia.
Resulta, por tanto, incomprensible que el MDyC elija constantemente este enfoque unidimensional, que en última instancia beneficia más a Marruecos que a Ceuta. El bienestar de la ciudad autónoma no solo depende de la actuación de España, sino también de la presión que se ejerza sobre quienes, como Mohamed VI, utilizan la desesperación de sus súbditos como arma de negociación. Si el MDyC realmente busca defender los intereses de Ceuta, debe ser más exigente y transparente en sus demandas, sin importar a quién incomoden.
