La imagen del sillón vacío en el primer pleno tras su puesta en libertad dice mucho sin necesidad de palabras. Mohamed Ali Duas tenía derecho a estar allí, pero decidió no acudir. Y aunque la ausencia es una decisión personal, en política casi nunca es un gesto neutro: siempre comunica algo, aunque no quede claro el qué.
La imagen del sillón vacío en el primer pleno tras su puesta en libertad dice mucho sin necesidad de palabras. Mohamed Ali Duas tenía derecho a estar allí, pero decidió no acudir. Y aunque la ausencia es una decisión personal, en política casi nunca es un gesto neutro: siempre comunica algo, aunque no quede claro el qué.
Tras once meses en prisión por la operación ‘Hades’, su regreso a la vida pública no iba a ser sencillo. A eso se suma su salida del MDyC y su paso a diputado no adscrito, un limbo político incómodo donde se pierde respaldo, pero se gana una libertad que también pesa. Quizá por eso optó por no sentarse junto a otros diputados “huérfanos” de partido, en una bancada que simboliza más las fracturas que las ideas.
Sin embargo, la ciudadanía espera algo más que silencios. Mantener el acta durante su estancia en prisión fue una decisión legítima, pero ahora que está en libertad, la ausencia en el pleno genera dudas y alimenta el desconcierto. La política no entiende bien de pausas largas ni de gestos a medias.
No se trata de juzgar, porque los procesos judiciales siguen su curso y merecen respeto. Se trata de recordar que un escaño no es solo un derecho, también es una responsabilidad. Y cuando no se ocupa, aunque sea por un día, el vacío no es solo físico: es político y, sobre todo, simbólico.



