Lo de este Gobierno empieza a superar cualquier capacidad de asombro. Mientras Ceuta lleva casi dos meses soportando una situación excepcional, mientras miles de ciudadanos reclaman seguridad y mientras el propio ministro del Interior tiene que responder en el Congreso por su gestión, la gran preocupación termina siendo un pequeño bote de gas pimienta que la diputada Ana Vázquez exhibió precisamente para denunciar lo que, según explicó, están llevando mujeres y jóvenes en Ceuta por miedo. Francina Armengol decidió convertir aquello en el gran escándalo del día.
Lo de este Gobierno empieza a superar cualquier capacidad de asombro. Mientras Ceuta lleva casi dos meses soportando una situación excepcional, mientras miles de ciudadanos reclaman seguridad y mientras el propio ministro del Interior tiene que responder en el Congreso por su gestión, la gran preocupación termina siendo un pequeño bote de gas pimienta que la diputada Ana Vázquez exhibió precisamente para denunciar lo que, según explicó, están llevando mujeres y jóvenes en Ceuta por miedo. Francina Armengol decidió convertir aquello en el gran escándalo del día.
Ese es el nivel al que ha llegado la política nacional. El Gobierno de Pedro Sánchez parece más preocupado por combatir el símbolo que por afrontar el problema que ese símbolo pretende representar. El espray provoca indignación en el Congreso; la preocupación de muchos ceutíes por su seguridad, por lo visto, merece bastante menos dramatismo. Y Marlaska, responsable político de Interior, continúa defendiendo su gestión mientras Ceuta lleva semanas reclamando más seguridad. Resulta difícil encontrar una imagen mejor del abismo que existe entre determinados despachos de Madrid y la realidad que se vive en esta ciudad.
Lo verdaderamente grotesco es que Ana Vázquez estaba preguntando precisamente a Marlaska por Ceuta. Podrá discutirse si enseñar aquel bote fue oportuno, pero convertir el episodio en semejante espectáculo parlamentario consigue exactamente lo contrario de lo pretendido: vuelve a colocar bajo los focos aquello que se quería denunciar. El Congreso acabó hablando del espray cuando debería estar hablando de por qué hay ciudadanos que sienten que necesitan llevar uno. Ese debería ser el debate serio.
Pedro Sánchez y su Gobierno deberían dejar de tratar la crisis de Ceuta como un problema incómodo que se administra desde la distancia. No bastan discursos, visitas ministeriales ni ruedas de prensa cargadas de cifras. Los ciudadanos tienen derecho a exigir resultados, seguridad y explicaciones. Y Marlaska, como ministro del Interior, tiene la obligación política de responder por las decisiones de su departamento, no de actuar como si cualquier crítica a su gestión fuese una exageración de la oposición.
España merece bastante más que este circo malo y sin arte. Y Ceuta, muchísimo más. Porque cuando la política llega al extremo de montar un escándalo alrededor de un bote mientras miles de ceutíes llevan semanas reclamando soluciones, algo está funcionando rematadamente mal. El problema no es el espray que apareció durante unos segundos en el Congreso. El problema que debería preocupar a todos es por qué alguien consideró necesario llevarlo allí para hablar de Ceuta.


