Cartas al Director
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Existe un fenómeno neurológico tan fascinante como perturbador conocido como síndrome del miembro fantasma. Después de una amputación, algunas personas continúan sintiendo la extremidad que ya no está. El cerebro conserva durante un tiempo su representación, hasta el punto de que el paciente puede percibir movimiento, presión, picor e incluso un dolor intenso en una mano o una pierna que físicamente ha dejado de existir. La extremidad ha desaparecido, pero el cerebro continúa buscándola. Algo parecido parece estar ocurriéndole políticamente a Juan Vivas.

Existe un fenómeno neurológico tan fascinante como perturbador conocido como síndrome del miembro fantasma. Después de una amputación, algunas personas continúan sintiendo la extremidad que ya no está. El cerebro conserva durante un tiempo su representación, hasta el punto de que el paciente puede percibir movimiento, presión, picor e incluso un dolor intenso en una mano o una pierna que físicamente ha dejado de existir. La extremidad ha desaparecido, pero el cerebro continúa buscándola. Algo parecido parece estar ocurriéndole políticamente a Juan Vivas.

El 30 de julio de 2026 no comenzó solamente una gravísima invasión migratoria y fronteriza en Ceuta. Aquel día se produjo también una amputación política. El modelo que Vivas había construido, alimentado y presentado durante veinticinco años como su gran obra quedó brutalmente seccionado por la realidad. La Ceuta de las cuatro culturas, la Ceuta “chiquitita y marinera”, la ciudad convertida en laboratorio de una convivencia multicultural elevada casi a dogma político, la Ceuta del “recen como recen”. Todo un universo retórico construido durante un cuarto de siglo, repetido en discursos, campañas institucionales, recepciones y actos oficiales. Aquella era la ópera prima de Juan Vivas.

Durante años se nos dijo que cuestionarla equivalía prácticamente a cuestionar Ceuta. Advertir de sus contradicciones, era ser alarmista. Señalar la presión de Marruecos, era perjudicar la imagen de la ciudad. Hablar de la fragilidad de nuestra frontera, era exagerar. Alertar sobre determinadas transformaciones sociales y demográficas, era romper la convivencia. Mientras tanto, el modelo se mantenía a golpe de talonario, subvención, convenio, propaganda institucional y toneladas de corrección política. Había que conservar el decorado aunque detrás del escenario comenzaran a escucharse los crujidos.

La realidad llevaba mucho tiempo avisando. Lo que inicialmente pretendía presentarse como una estampa idílica fue deformándose lentamente hasta adquirir el aspecto de uno de esos cuadros de Dalí en los que las formas reconocibles empiezan a derretirse. Seguíamos viendo los mismos símbolos y escuchando las mismas palabras, pero cada vez encajaban menos entre sí. La realidad y el relato habían comenzado a separarse. La convivencia se convirtió en consigna, la multiculturalidad en doctrina oficial y la prudencia en silencio. Cualquier advertencia incómoda era apartada del cuadro para que no estropease la composición.

Hasta que llegó el 30 de julio. La avalancha provocada desde Marruecos, con la entrada de decenas de miles de personas y una presión humana extraordinaria sobre una ciudad de apenas 19 kilómetros cuadrados, hizo saltar por los aires en cuestión de horas un relato construido durante veinticinco años. No hizo falta un largo proceso político, ni un cambio generacional, ni siquiera unas elecciones. Bastaron unos días. Y ahí aparece el síndrome del miembro fantasma. Vivas parece seguir sintiendo el modelo que acaba de perder. Habla como si todavía estuviera ahí, recurre a las mismas palabras, busca refugio en la misma retórica e intenta reconstruir apresuradamente una normalidad que ya no existe. Parece convencido de que, si consigue superar estas semanas, alojar a quienes han entrado, distribuirlos, trasladarlos o conseguir que desaparezcan de nuestras calles, la ciudad podrá despertarse una mañana y continuar exactamente donde estaba el 29 de julio.

Pero ha ocurrido demasiado. No estamos ante un simple paréntesis administrativo que pueda cerrarse con una partida presupuestaria, unas cuantas reuniones ministeriales y otra campaña institucional sobre convivencia. Lo sucedido ha provocado un traumatismo colectivo y ha cambiado la percepción que miles de ceutíes tienen sobre su seguridad, su frontera, Marruecos y, sobre todo, sobre la capacidad de sus instituciones para protegerlos. Eso no desaparece repitiendo las palabras de siempre. El problema de Vivas es que todavía intenta mover una extremidad política que ya no tiene. Continúa buscando aquella Ceuta idealizada que durante tantos años presentó como modelo para España y para Europa. Cuando intenta tocarla encuentra el vacío. Cuanto más insiste en repetir el viejo discurso, más evidente resulta la distancia entre el relato oficial y lo que los ceutíes contemplan en sus calles.

Después de lo sucedido resulta imposible regresar inocentemente al punto de partida. Resulta imposible pedir a los ciudadanos que olviden lo que han visto, exigirles que continúen creyendo que nuestra frontera estaba suficientemente protegida o seguir sosteniendo que Marruecos es simplemente ese socio fiable con el que basta dialogar y mantener buenas relaciones. También resulta imposible reconstruir mediante propaganda la confianza que la realidad ha destruido. Vivas parece querer convencerse de que estamos viviendo una pesadilla y de que bastará con despertar para recuperar la mañana anterior. La política, sin embargo, no funciona así. Hay acontecimientos que no interrumpen una época, la terminan. Y el 30 de julio puede haber terminado una época en Ceuta.

Eso es precisamente lo que Vivas todavía se resiste a asumir. Puede enfrentarse ahora al Gobierno de Sánchez, endurecer repentinamente su discurso, hablar de expulsiones, de integridad territorial, de seguridad nacional y de la amenaza que pesa sobre Ceuta. Puede descubrir en unas semanas todos aquellos peligros sobre los que durante años otros llevábamos advirtiendo. Pero existe una pregunta de la que difícilmente podrá escapar. Dónde estaba durante los veinticinco años anteriores. Juan Vivas no llegó ayer a la Presidencia de la Ciudad, no heredó este modelo hace seis meses ni es un espectador que haya aparecido casualmente cuando comenzó la tormenta. Es su principal arquitecto. Durante un cuarto de siglo tuvo poder, presupuestos, mayorías, influencia política y acceso directo a sucesivos gobiernos de España. Dispuso de tiempo suficiente para prever, exigir, reforzar, transformar y preparar Ceuta frente a riesgos que no nacieron el pasado 30 de julio.

Sánchez tendrá que responder por lo suyo. El Gobierno de la Nación deberá asumir todas y cada una de sus responsabilidades. Marruecos deberá responder también por las suyas. Ninguna de esas responsabilidades borra veinticinco años de gobierno de Juan Vivas. Aceptar que el modelo ha sido amputado significa aceptar también que su gran construcción política se ha venido abajo. Significa reconocer que aquellas advertencias que durante años fueron ridiculizadas tenían fundamento. Significa admitir que Ceuta necesitaba mucha menos propaganda y mucha más previsión, menos autocomplacencia y más frontera, menos relato y más Estado. Eso resulta extraordinariamente difícil para alguien que ha terminado identificando su propia trayectoria política con el modelo que construyó.

Por eso sigue buscando el miembro perdido. Lo siente, cree que todavía puede moverlo e intenta apoyarse sobre él. Pero ya no está. La Ceuta posterior al 30 de julio necesitará construir un modelo nuevo partiendo de una premisa elemental. La realidad no puede seguir subordinándose al relato. Ceuta necesita seguridad, frontera, autoridad, servicios públicos capaces de soportar situaciones excepcionales, planificación estratégica y una defensa inequívoca de su españolidad. Necesita también instituciones capaces de comprender que la convivencia verdadera no se construye negando los problemas, sino afrontándolos.

Quizá dentro de algún tiempo las calles recuperen completamente la normalidad. Ojalá sea cuanto antes. Quizá desaparezcan las imágenes que hoy angustian a tantos ceutíes y vuelva la tranquilidad cotidiana. Pero no confundamos normalidad con amnesia. Hay cosas que, una vez vistas, ya no pueden dejar de verse. El mayor error que podría cometer Juan Vivas sería intentar reconstruir exactamente aquello que acaba de derrumbarse y pretender que los ceutíes olvidemos lo sucedido. Sería condenarnos a repetirlo. Después de veinticinco años, el modelo político de Vivas se ha encontrado finalmente con aquello que ningún presupuesto, ninguna campaña publicitaria y ningún discurso podía domesticar: la realidad.

Y la realidad ha sido despiadada con su ópera prima. Ahora puede seguir sintiéndola, acariciándola en su imaginación, e incluso convencerse de que continúa intacta. Pero el miembro ya no está. Solo queda el fantasma.

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Ceuta, Jueves 20 de Agosto del 2026

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