Cartas al Director
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Hay ciudades en las que la política se mide por los grandes discursos y otras en las que se mide por la presencia. Ceuta pertenece, sin duda, al segundo grupo.

Hay ciudades en las que la política se mide por los grandes discursos y otras en las que se mide por la presencia. Ceuta pertenece, sin duda, al segundo grupo.

En una ciudad de apenas 85.000 habitantes, donde las distancias son cortas y la vida pública transcurre con una extraordinaria cercanía entre instituciones y ciudadanos, la presencia de las autoridades en los actos tradicionales tiene un valor que trasciende el protocolo. No es solo una cuestión de representación; es una forma de compartir los momentos que conforman la identidad colectiva de la ciudad.

Las celebraciones en honor a la Virgen de África son uno de esos momentos. Para los creyentes y para muchos que no lo son, representan una cita con la historia, las tradiciones y la convivencia que caracterizan a Ceuta. Por eso, cualquier ausencia institucional despierta inevitablemente comentarios.

Pero este año las fiestas han coincidido con una circunstancia absolutamente excepcional. Durante los últimos días, Ceuta ha soportado la mayor presión migratoria de su historia, una situación que ha obligado a activar todos los mecanismos de coordinación entre administraciones y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para garantizar la seguridad, la atención humanitaria y el funcionamiento de unos servicios públicos ya de por sí sometidos a una enorme exigencia.

Y es precisamente ahí donde surge un dilema que rara vez admite respuestas sencillas: ¿qué debe hacer un responsable público cuando coinciden una obligación de representación y una responsabilidad ejecutiva derivada de una crisis sin precedentes?

No existe una única respuesta. Yo tengo la mía.

Mientras ayer asistía a la ofrenda, no podía evitar pensar que, en ese mismo instante, el Delegado del Gobierno —un hombre joven, nacido y criado en nuestra ciudad— soportaba sobre sus hombros una responsabilidad descomunal. Imaginaba que estaría recorriendo los barrios, acompañando a esos ceutíes que no podían abandonar sus casas para acudir al centro, escuchando sus inquietudes y respaldando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que seguían desarrollando una labor imprescindible para proteger a todos. Y ese pensamiento me produjo un profundo sentimiento de agradecimiento y de orgullo.

Porque cuando una persona ocupa un cargo con responsabilidad ejecutiva directa, su primera obligación no es estar donde más se le ve, sino donde más útil puede ser.

Gestionar una crisis exige priorizar. Exige tomar decisiones incómodas y asumir que no siempre es posible responder a todas las expectativas al mismo tiempo. En momentos como estos, la prioridad no puede ser otra que afrontar el problema con todos los recursos disponibles.

No hablamos solo de un fenómeno migratorio. Hablamos de un desafío que afecta a la seguridad, a los servicios públicos, a la capacidad de acogida y a la coordinación permanente de múltiples instituciones. En ese contexto, resulta comprensible que quien ostenta la máxima responsabilidad ejecutiva del Estado en Ceuta considerara que no debía apartarse ni un solo instante de esa tarea.

Las crisis pasan. Lo que permanece es la forma en que las instituciones respondieron a ellas. Y ese juicio debería construirse observando el conjunto de su actuación, no una única fotografía ni una ausencia en un acto concreto.

Miguel Pérez Triano entendió que, en estos momentos, su responsabilidad principal era gestionar la crisis, no proyectar una imagen.

Los actos institucionales cumplen una función importante y necesaria, pero la representación nunca puede prevalecer sobre la gestión cuando ambas entran en conflicto. Una buena administración sabe distinguir entre lo importante, lo urgente y lo protocolario. Y cuando las circunstancias obligan a elegir, es razonable que prevalezca aquello que mejor protege el interés general.

El liderazgo no siempre consiste en ocupar el lugar más visible. A veces consiste, precisamente, en renunciar a esa visibilidad para permanecer allí donde las decisiones son más necesarias.

Toda decisión pública tiene un coste. Asistir a la ofrenda habría proporcionado una fotografía. Permanecer al frente de la gestión suponía exponerse a críticas por esa ausencia. Pero un dirigente no debe elegir la opción que reduzca su desgaste político, sino la que ofrezca un mayor beneficio para los ciudadanos.

Y, en mi opinión, eso fue exactamente lo que hizo nuestro Delegado del Gobierno.

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Ceuta, Miercoles 05 de Agosto del 2026

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