Encienda cualquier televisión estos días y ahí está Ceuta. Titulares, directos, tertulianos que hasta hace dos semanas no sabían situar la ciudad en el mapa opinando ahora con la seguridad del que lleva toda la vida estudiando el Estrecho. Ceuta vende. Ceuta da audiencia. Y ese, precisamente, debería ser el primer motivo de desconfianza para cualquier ceutí que esté siguiendo esto con algo de cabeza fría.
Encienda cualquier televisión estos días y ahí está Ceuta. Titulares, directos, tertulianos que hasta hace dos semanas no sabían situar la ciudad en el mapa opinando ahora con la seguridad del que lleva toda la vida estudiando el Estrecho. Ceuta vende. Ceuta da audiencia. Y ese, precisamente, debería ser el primer motivo de desconfianza para cualquier ceutí que esté siguiendo esto con algo de cabeza fría.
Porque conviene preguntarse, sin dejarse llevar por la indignación del momento, qué gana Ceuta con todo este ruido. La respuesta, si se es honesto, es que muy poco o nada. Los medios nacionales no están en Ceuta para ayudar a resolver nada. Están para llenar minutos, para generar reacción, para que el espectador de Madrid o de Barcelona se indigne un rato frente al televisor y cambie de canal cuando llegue el siguiente titular. Mañana será otra crisis, otro lugar, otro protagonista. Ceuta volverá a ser, como siempre ha sido para gran parte de España, un nombre que solo aparece cuando hay problemas y que desaparece en cuanto deja de dar audiencia.
Y aquí es donde toca ser especialmente crítico, aunque incomode: esa misma dinámica de aprovechamiento la estamos viendo también dentro de casa. De un tiempo a esta parte se ha instalado la idea de que Vivas es el que da la cara por Ceuta, el que defiende a la ciudad frente a un Gobierno central que mira para otro lado. Y conviene preguntarse, con la misma frialdad con la que se juzga a los medios nacionales, si eso es sincero o si es, sencillamente, la misma lógica de aprovechamiento que critica en otros aplicada a su propio beneficio político.
Porque a Ceuta nunca le ha importado de verdad a casi nadie. Ni a los grandes medios que ahora se pelean por el directo más impactante, ni a los sucesivos gobiernos centrales que han tratado a la ciudad como una frontera que gestionar y no como una ciudad que desarrollar, ni tampoco, si se mira con honestidad el historial de veinticinco años de gobierno, a quienes hoy se presentan como sus grandes defensores. La pregunta que cada ceutí debería hacerse no es quién grita más fuerte estos días, sino quién ha estado ahí quince años atrás, cuando no había cámaras, peleando por lo que la ciudad necesitaba de verdad.
Los ceutíes tienen todo el derecho a estar indignados con lo que está pasando en su calle. Pero conviene no confundir la indignación legítima con el aplauso fácil a quien mejor sabe subirse a ella en el momento oportuno. Si esta crisis pasa y dentro de un año Ceuta sigue teniendo las mismas carencias estructurales de siempre, la misma dependencia de decisiones que se toman fuera, el mismo abandono de fondo disfrazado ahora de solidaridad mediática, entonces habrá quedado claro que todo este ruido no sirvió para nada, salvo para hacer audiencia y para que algunos hicieran carrera sobre el sufrimiento ajeno.
Ceuta merece que se le exijan cuentas a quien realmente las tiene pendientes. No aplausos fáciles a quien mejor sabe salir en la foto.
