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Opinión
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¿Qué tienen en común personajes como Sócrates, Martin Luther King o Winston Churchill? Muchos podrían decir que son guiris, y por tanto probablemente este verano no irían a Benidorm o a Torremolinos a beber sangría. Pero todas esas personas son ejemplos imperecederos de grandes mensajes políticos que trascendieron la época en que vivieron.

Un gran discurso político requiere tres elementos: una cuidada dialéctica, pasión por lo que se transmite y, sobre todo, un mensaje, porque sin mensaje no hay política. Hoy, sin embargo, hemos cambiado la actividad política por el espectáculo. Hoy no hay dialéctica, sino retórica, hoy no hay mensaje, sólo crítica y propaganda, y la pasión se ha convertido en una variante mucho más oscura, la crispación e incluso odio.

Hace no demasiado tiempo, decir que te gustaba la política era sinónimo de ser alguien comprometido con la sociedad. Porque la política es (o debería ser) eso, administrar y gobernar los aspectos que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad. Pero ahora decir que te gusta la política suele implicar cosas muy feas.

En primer lugar, los políticos hoy son personas que no tienen autonomía, capacidad para admitir lo que creen que nos beneficia y nos hace progresar y lo que no. A eso se le llama disciplina de partido. Un político debe comulgar con la postura oficial de su partido independientemente de su opinión personal. En ese sentido, ser político es muy parecido a estar en una secta. Y quien se sale de la disciplina, simplemente dice adiós a las siglas. Afortunadamente hay unas cuantas para elegir.

En segundo lugar, un político hoy es alguien que debe construirse un enemigo a quien atacar, eso es fundamental. Si no tienes un enemigo a quien criticar, a quien dejar en evidencia, a quien menospreciar e incluso insultar si llega el caso, ¿cómo vas a entretener y a fidelizar a la masa que te vota? El mensaje está totalmente obsoleto, se ganan más votos y adhesiones odiando y criticando la gestión de otros que proponiendo una mejora para la sociedad, una vía alternativa de actuación.

En tercer lugar, hoy los políticos apenas realizan grandes avances y mejoras para los ciudadanos a pesar de ser ellos quienes tienen el poder de hacer cambios. Y no los hacen por la razón anterior, porque los avances requieren unidad de acción, requieren acuerdos con quienes no estás de acuerdo, y es muy difícil tomar la decisión de dejar de tener los enemigos que tú mismo te has creado. En ese caso el político tendría que centrarse en defender ideas y propuestas en vez de criticar a los demás, y eso es demasiado difícil para un político actual.

Esta situación la podemos ver a nivel nacional. Las intervenciones en el Congreso son verdaderas pantomimas. El tiempo que se dedica a reprochar al otro su incompetencia o su falta de compromiso es sorprendente. Una bancada jalea, otra bancada critica, otra insulta, otra se levanta y se va, y otra hace una representación orquestada y aplauden a coro. Todo un espectáculo circense que en el fondo es el que pide la sociedad, muy al nivel de los índices de audiencia de programas como Sálvame o la Isla de las Tentaciones. Al final, todos esas personas también votan y piden ese espectáculo. Nadie va a hablar de un pacto por la reforma de las pensiones o por un gran pacto por la educación nacional, es mucho más rentable hablar de si uno es un fascista o denunciar el escrache delante de su casa.

De vez en cuando salen partidos políticos que intentan hacer las cosas de otra manera, que intentan no tener enemigos, que intentan imponer el sentido común e incluso se atreven a pactar con unos y otros cuando hay políticas que les parecen beneficiosas. Pero esos partidos de centro, desgraciadamente tienen muy poco recorrido, tienen los días contados porque no se posicionan en un espectro ideológico -el sentido común no es percibido como una ideología-. Los españoles exigen a los políticos que sean de un bando o de otro, sin medias tintas, de derechas o de izquierdas. ¿Qué es ese invento de no tener un enemigo a quien odiar y pactar medidas con unos y con otros? Si no estás contra unos o contra otros, eres un veleta. Ese es nuestro nivel.

En la política local la situación no es mucho mejor, al contrario, todo se enquista aún más. Ceuta lleva años instalada en una crispación constante, en una guerra en los que hay bandos, sin duda que los hay. Ya escribí hace unos meses un artículo llamado “zona de guerra: Ceuta”, en el que describía la situación, no me voy a repetir. Pero sí es cierto que a todo ello hay que añadir la crispación racial que lo impregna todo, la sospecha constante de las intenciones de quienes hacen una declaración por el signo religioso que pueden contener. En Ceuta las polémicas religiosas o raciales absorben cualquier otro debate político, da igual que sea por el calendario laboral y los días de fiesta, por las medidas sanitarias que impiden la celebración de una u otra fiesta religiosa, por el papel de Marruecos en nuestra situación, por los MENA, o por las ayudas sociales a quienes más lo necesitan. Todo tiene ese tinte racista, esa sospecha que enerva los ánimos y hace que cualquiera que no critique una postura automáticamente se le tache de lo contrario.

Lo más grave de nuestra situación es que hay mucho por lo que trabajar políticamente en Ceuta. Tenemos tantos problemas que la lista se nos hace interminable. Problemas como afrontar la aprobación del PGOU, la Unión aduanera, coste del tránsito de mercancías, reducción del gasto superfluo de la Administración, definición de una RPT sobre la que tomar decisiones, la lucha contra el urbanismo ilegal, hacer cumplir las ordenanzas cuando somos la ciudad con más policías por habitante de toda España, una actividad económica del sector privado en estado crítico, presionar ante España y la UE por una solución para nuestra frontera, una tasa de paro sonrojante, falta de especialistas sanitarios, tasa de fracaso escolar sobre la que todos hacen la vista gorda, incumplimiento de sentencias que favorecen la contratación desmesurada de altos cargos… ¿para qué seguir?

Pero que nadie se engañe, para cada uno de esos problemas existen soluciones, vías de actuación reales. No estamos en un escenario imposible o sin salida. Estamos en un escenario en el que hay que trabajar, hay que proponer, hay que acordar, hay que elevar quejas y abrir diálogos con el Gobierno Central, hay que pactar dejando de un lado al odio que lo impregna todo. Hay, en definitiva, que partirse la cara por esta ciudad. Y, desgraciadamente, no hay nadie actualmente que esté dando un puñetazo sobre la mesa y diciendo las cosas con claridad. Los incompetentes que ostentan el poder, por incompetentes, la oposición, por oportunistas, y todos, absolutamente todos, por falta de miras.

Bienvenidos a nuestra jaula de grillos particular.

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Ceuta, Jueves 06 de Agosto del 2020

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