Opinión
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Recientemente me decía un amigo cuánto le gustaría estar en un país donde se tomen las mejores decisiones, donde las propuestas de sus representantes sean las más constructivas, donde sus costumbres, su riqueza cultural y sus tradiciones sirvan para sumar y se pongan en valor. Me decía esto bastante afligido, porque cree entender que lo que realmente está ocurriendo no es para sentirse orgullosos.

Mi amigo tiene la sensación de desamparo, de que las cosas van de manera contraria, él las ve de forma donde se prima lo nuevo y se desprecia la historia; donde se siente desplazado en su propia tierra, en su propio país. Y me decía con impotencia: “¡Ya ves! yo que soy de izquierda de toda la vida, progresista, tú ya sabes lo que le pasó a mi padre después de la guerra y a mi tío. Estos..!”

Créanme que comprendo a mi amigo y, como a él, a muchos ciudadanos que sienten lo mismo. Encima, les ha tocado vivir en una época muy cambiante que va sin detenerse a velocidad de vértigo, sin reparar en nada. Él sabe, y de ahí su frustración, que la historia de los pueblos son los cimientos de un futuro fuerte y estable y cree que eso… no se está teniendo en cuenta.

Mi amigo lo está pasando mal, padece un claro ejemplo de ideas heredadas y eso siempre tiene sus problemas; es más, si nos aferramos a ellas con vehemencia, correremos el riesgo de equivocarnos. Yo creo que, por malas que fuesen las contrapuestas, hay que crear las propias. Ver con perspectiva y desarrollarlas dentro del contexto que les corresponda, sin complejos. Nos hará más útiles y más felices.

Le propuse que, ante su frustración y desánimo, trate de ser pragmático, puede servirle de terapia a la espera de mejores tiempos. Supongo que a casi todo el mundo le ocurre lo mismo en algún momento, es por la inevitable tendencia que tenemos a cuestionarlo todo, que por otro lado siempre resulta saludable. Será bueno para él que se dé cuenta de que las ideas no pueden ser estáticas, que deben ser dinámicas y, siempre que se pueda, compartidas con una gran mayoría y, sobre todo, que no se sienta nunca acorralado. No debemos aceptar planteamientos cerrados, ideas extravagantes y huir en todo momento de la demagogia.

También, le preocupa muchísimo la actual situación de guerra que se está viviendo en Ucrania y el alcance que pueda tener. Sobre este asunto sólo le pude decir que espero ver pronto al presidente de Rusia, Vladimir Putin, frente a la Corte Penal Internacional por los crímenes que está cometiendo. Le dije que lamento profundamente que en el gobierno de España haya ministras tan infantiles como Ione Belarra e Irene Montero. Ellas solas se han ganado a pulso la condición de prescindibles; dos claros malos ejemplos para la política de estado. A estas dos les podríamos sumar algún prescindible más, que junto a su guía espiritual, formarían un buen elenco de parásitos y demagogos.

Que cuando haya acabado la guerra y todos hayamos perdido, al menos, deberíamos haber aprendido que a los autócratas, a los dictadores camuflados con corona o no, y a sus esbirros no hay que dejarlos que desarrollen potencial porque al final salen muy caros y se pierden miles de vidas. Hay que actuar y defender a los pueblos de los dictadores, no dejarlos hasta que sea demasiado tarde para luego actuar sobre las consecuencias. Una nueva forma de hacer la guerra se ha revelado, “es la economía”; “más valen lagrimas que sangre” y el dictador sale por inanición. Las autocracias, cuna de arquetipos y tribulaciones, deben ser censuradas y más cuando la intención las delata permanentemente. Ojalá, las naciones se unan de verdad en favor de la Humanidad y podamos seguir avanzando como civilización.

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