Opinión
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Viernes, dos de la tarde. Una nube de incertidumbre y resignación se cierne sobre la ciudad. Los honrados y pardillos ciudadanos que cumplimos con las restricciones, nos gusten más o menos, suspiramos por no poder hacer una escapadita de fin de semana a Chiclana o a Málaga. A cambio, intentamos disfrutar de nuestra tierra, de nuestros bares, de nuestros montes, de nuestro litoral que, oigan, tampoco son moco de pavo.

Sin embargo, cuando todo parece sentenciado, de pronto escuchamos un rugido a lo lejos, el suelo retumba, algo se acerca. ¿Es un terremoto, una manada de ñúes tal vez? ¡No, es una avalancha de vehículos, de los más listos del lugar, que se aproximan en tropel hacia la rampa de embarque del primer barco que sale rumbo a la península!

Como si de un documental se tratara, asistimos boquiabiertos a un verdadero espectáculo de la naturaleza. Con permiso de los Monty Python, una amplísima comunidad del ejemplar llamado “pijus magnificus” lo ha conseguido de nuevo. Este espécimen, capaz de sortear restricciones, leyes, controles y a la mismísima pandemia, inicia su particular rutina de desplazamiento periódico semanal y emigra cual ave rapaz allende los mares (y allende la legalidad) cada fin de semana.

Este audaz ejemplar de nuestra fauna está siendo objeto de estudio de numerosos expertos y todos coinciden en su análisis. Su desplazamiento en masa se inicia los viernes, emigra un par de días, emplea su tiempo de ocio en zonas lejanas, gasta sus recursos en lugar distinto a su ciudad de anidamiento y regresa al nido de nuevo los domingos por la tarde, con la panza llena y un gesto de supremacía que les da ese aura de poder sobre su entorno.

Este comportamiento de emigración de fin de semana no es natural en época de pandemia a otras especies de la zona, sólo se produce en el pijus magnificus, y sus hábitos de desplazamiento se ven posibilitados gracias a la confluencia de otros factores ambientales que se dan en nuestro ecosistema y que los han dotado de una enorme movilidad respecto a sus congéneres.

Por una parte, nos encontramos con una amplia red de medicina privada peninsular que provee a esta especie de la excusa ideal para realizar su emigración. No olvidemos que el pijus magnificus es un animal con múltiples recursos que puede permitirse un fisioterapeuta en Sevilla para una molestia en el hombro o un dentista en Málaga para... digamos... un blanqueamiento dental. La urgencia o lo imprescindible de esta excusa, o incluso si la visita se realiza o no es irrelevante. Lo importante es que su mera mención resulta a la postre más que suficiente.

Otras causas ambientales sobrevenidas como la residencia itinerante, hacen que los términos “residencia habitual” o “reagrupamiento familiar” sean también utilizados por algunos de esos ejemplares como causa de su emigración semanal. Los científicos no se ponen de acuerdo sobre si los ejemplares que utilizan estos factores ambientales están aplicando legalmente los beneficios fiscales y económicos de la residencia en la ciudad, pero ante la incertidumbre, prefieren no opinar. Lo que sí coinciden en que esos ejemplares no son oriundos de este ecosistema, por lo que sospechan que el pijus magnificus pudiera hallarse también en otros lugares.

Otro factor muy común en esta emigración, en este evento natural se halla en la psicología e ideología de estos individuos. La libertad individual de sus miembros, el desprecio hacia las normas que no les gusta y hacia el equilibrio con otras especies y su entorno, son muy significativos y un motor muy potente que los incita a viajar. Dicha característica de su personalidad deja anonadados a los expertos que los estudian.

Por último, pero no menos importante, los científicos han detectado la presencia de un factor imprescindible, un ejemplar que está en lo alto de la cadena trófica y que controla la permeabilidad de la emigración de esa especie. Este ejemplar, que es el rey (o en este caso la reina) se conoce popularmente como Delegada del Gobierno, o como los científicos la denominan tras sus avistamientos, la “Imperium Delegatus”. Su puesto en el escalafón evolutivo la convierte en un verdadero superdepredador. La permisividad y escaso control de los medios humanos y materiales que gestiona, así como la falta de efectividad en comprobar la veracidad de las motivaciones que esgrime el pijus en sus desplazamientos, hacen posible que el pijus magníficus nos siga deleitando cada fin de semana con su ritual salvaje capaz de vencer al cruel sistema de restricciones y limitaciones.

En definitiva, hablamos de un magnífico animal, no cabe duda, que vive en libertad, sin limitaciones y que domina su entorno. Fuentes consultadas de muy buena tinta me trasladan que se está estudiando la importancia de su inclusión como especie protegida en el catálogo de fauna del Estrecho, junto con la salamandra norteafricana y la culebrilla ciega tangerina.

¡Larga vida al pijus!

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