Opinión
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El diario ABC en su edición del día 22 de mayo de 1918 publicaba en su portada la aparición de una enfermedad similar a la gripe pero que parecía tener efectos menos graves. Durante ese mes, se celebraban en Madrid las fiestas de San Isidro y las verbenas y otros festejos se convirtieron en espacios ideales para el contagio. Similares situaciones acaecieron en otros puntos de España.

Con Europa enfangada en la Gran Guerra, los españoles de aquel momento no se percataron de una epidemia que ya tenían en su suelo y que iba a suponer, la pandemia más grave sufrida en el siglo XX.

Sin tener su origen en nuestra nación, ni ser España el país con más fallecidos, la llamada Gripe Española mató entre 1918 y 1920 a más de 50 millones de personas, resultando curioso que un siglo más tarde aún no se sepa con exactitud cuál fue ni la causa ni el lugar donde se originó.

Muchos investigadores sitúan los primeros casos en la base militar de Fort Riley (EE.UU.) el 4 de marzo de 1918. Fechas más tarde en otra base, Camp Funston (Kansas, Estados Unidos), murieron 48 soldados debido, aparentemente, a una gripe común, de tal forma que no originó una gran preocupación. Cuando otros soldados terminaron la fase de preparación, fueron enviados a Francia para participar en el último tramo de la guerra. Según otra hipótesis, la pandemia pudo tener su origen entre los años 1916 y 1917 en Étaples, localidad cercana a la ciudad francesa de Boulogne, donde se estableció un hospital de campaña. Una tercera teoría sitúa su origen en China en 1917.

Tras registrarse los primeros casos en Europa, la gripe pasó a España, posiblemente a partir del tráfico de trabajadores españoles y portugueses que se desplazaban masivamente hacia los campos agrícolas franceses. La prensa de nuestro país, la única que no estaba censurada, se hizo eco con grandes titulares de la gravedad de la situación lo que, “intencionadamente” manipulado por otras potencias inmersas de pleno en el conflicto bélico, derivó a que la epidemia se conociese como “La Gripe Española”.

La situación empeoró de manera rápida y alarmante. El sistema sanitario quedó sobrepasado, se cerraron universidades y escuelas, al tiempo que se restringía la movilidad. Gran parte de las víctimas eran jóvenes y adultos saludables y la enfermedad no entendía de fronteras ni clases sociales. El propio rey Alfonso XIII enfermó. El número oficial de fallecidos en España fue impactante. En 1918, la gripe mató a 147.114 personas, en 1919 a 21.245 y en 1920 a 17.825, todo ello en un país con poco más de 20 millones de habitantes.

En 1918, la mitad de la población española era analfabeta, un tercio de los municipios españoles no poseía abastecimiento de agua potable y cuando existía las conducciones del agua eran muy deficientes. La limpieza urbana era casi inexistente y apenas se disponía de una estructura de alcantarillado. Todo esto junto a una débil estructura sanitaria, en especial en las zonas rurales muy pobladas por aquel tiempo, facilitaban la extensión de esta pandemia. Algunos autores hacen referencia a que se llegó a prohibir los toques de campanas para evitar la desmoralización de la población. El contexto legislativo sanitario durante la pandemia se limitaba a La Instrucción General de Sanidad de 1904 y los Servicios de sanidad e higiene pública dependían del Ministerio de Gobernación.

En 1913 se inicia en Marruecos una guerra intermitente, conocida como 2ª Guerra de África que va a durar hasta 1927 y que vivirá momentos dramáticos. Durante ese tiempo Ceuta era el puerto de entrada y salida de las tropas y avituallamientos de las unidades con guarnición fija o enviadas de forma expedicionaria a la zona occidental del Protectorado de España en Marruecos.

La ciudad a principios del S. XX estaba compuesta según el Censo de Población de la ciudad en 1905 por 14.000 habitantes de los cuales, aproximadamente el 55% era población civil, el 30 % era población militar de la plaza, y el 15% era población reclusa en el Penal de la ciudad. En 1910 la población alcanzó los 24.000 habitantes. En 1918 la población superaba las 33.000 personas (24.000 hombres y 9.000 mujeres) debido al fuerte incremento de personal militar y en menor medida a la mano de obra que vino de la Península para la ejecución de las obras del puerto y el ferrocarril a Tetuán. La población militar superaba el 50%, dependiendo de la incorporación o licencia de los reemplazos.

Al igual que en el resto de España, las condiciones urbanísticas y sanitarias públicas de Ceuta en esa época eran muy deficientes. No había agua corriente ni red de alcantarillado. Sólo algunos de los edificios más notorios (mercado, matadero, …) tenían desagüe al mar. Las aguas sucias eran depositadas en pozos negros. Y así una larga lista de deficiencias.

Ceuta en 1918 disponía de tres hospitales: El Hospital Central, situado en la actual plaza de Los Reyes con una capacidad de 290 camas y que se encontraba en un estado muy deteriorado, el recién inaugurado O´Donell con 800 camas y el Hospital Döcker, construido con barracones temporales que ocupaba los terrenos del actual campo de futbol y cuartel de la Guardia Civil, cuya capacidad inicial era de 130 camas. Todo ello suponía más de 1.200 camas. Junto a estos hospitales, también se contaba con otros centros sanitarios menores como el Hospital de San Amaro y el Hospital de la Cruz Roja.

Si bien este número de camas puede resultar elevado respecto a la población ceutí es necesario recordar que los hospitales recibían heridos de las diferentes acciones militares que se producía en sus alrededores, en las cabilas de Anyera, Tagramet, El Biut, etc. Entre los años 1913 y 1916 hubo días en los que estuvieron ingresados en los diversos hospitales de Ceuta hasta 2.200 personas entre enfermos y heridos.

Utilizando datos del registro civil de la época, se puede afirmar que la tasa de mortalidad alcanzada en Ceuta por la gripe o por sus enfermedades derivadas alcanzó en 1918 el 2,88‰ de los habitantes y en 1919 1,3‰, ascendiendo el número de víctimas a 811 durante los dos años, 638 civiles y 173 militares.

En conclusión, la Gripe de 1918 fue la última gran crisis de mortalidad epidémica de la Ciudad y puso de manifiesto, al igual que en el resto de España, las importantes deficiencias higiénico y sanitarias existentes.

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