Editorial
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Desafortunadamente, el Premio Convivencia de Ceuta se ha ido devaluando con el paso de los años. Lo que un día fue un ejemplo de la multiculturalidad de nuestra ciudad, en la actualidad se ha convertido en un galardón que se entrega cada dos años y que, en ocasiones, ni eso porque el premiado no aparece por Ceuta para recibirlo.

En primer lugar, lo que debería ser de obligado cumplimiento es que el galardonado venga a Ceuta para recibir los 30.000 euros con los que está dotado este premio. Por eso, nos extraña que la Fundación Convivencia esté alardeando en estos días que el último premiado -el obispo de Bangassou, Juan José Aguirre Muñoz- estará en Ceuta para recibir estos honores. ¡Faltaría menos!.

En Ceuta parece que lo normal se convierta en extraordinario porque un galardón tan bien dotado económicamente merece, cuanto menos, que el galardonado esté en nuestra ciudad, lo cual debe tomarse como normal y no como una noticia a destacar.

Por cierto, también se debería mirar que las personas que forman parte del jurado estén a la altura de un galardón así. De lo contrario, caeremos en la monotonía y eso no es nada bueno.

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