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Opinión
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Buenaventura

Se acercan unas elecciones que vienen cargadas de disgustos para el PP. Desde la atomización en las locales donde se prevé que consigan acta de diputado MDyC, Caballas, El Partido Libre Ceutí (PLC), el PSOE y el PP; hasta unas nacionales en las que el PP se medirá directamente con unos bolivarianos (a esta altura tan mínima ha llegado el PP).

Pero parece que nadie del PP toma nota de lo que se les viene encima. Las listas que con cuentagotas vienen aflorando al público son más de lo mismo: siguen habiendo imputados en ellas, siguen existiendo personajes que llevan más de 20 años viviendo de la política, siguen apareciendo personajes de escaso valor político, poco aprecio ciudadano y dudosa reputación como gestores de caudales públicos.

Pese a todo, parece que más de uno va a decir adiós a la alfombra roja definitivamente, por mucho que haya llorado y hecho la pelota, por mucho que amenace con desvelar tal o cual secreto a voces con el que ya han amenazado otras veinte personas diferentes, por mucho que amague con formar el escándalo del siglo...

Y es que a algunos les cuesta abandonar la alfombra roja, sobre todo porque lejos de la política no son muy valorados en otros ámbitos de trabajo. Vamos, que son tenidos por vagos, desleales, trincones e inútiles. Tanta costumbre al despacho de 30 metros cuadrados, al mobiliario pagado con erario público, al coche oficial, al "valvuleo" y al cazo; hacen difícil la incorporación a una vida laboral, sobre todo en un país con más de 5 millones de parados, y con gente esperando empleo con unos curriculum dignos de premios nobel.

Y lo peor de abandonar la alfombra roja no es la incapacidad de los expulsados del "olimpo" a la hora de buscar trabajo; es que lo buscan a través del enchufismo. Es decir, dejan de pisar alfombra roja pero siguen viviendo a costa de lo que Esperanza Aguirre llamaba la "mamandurria". Sabiéndose inútiles a la hora de desarrollar la vida como cualquier otro ciudadano, siguen llorando, pataleando y llamando a las puertas de los despachos oficiales para que les den algún puesto o prebenda de consolación por los "servicios" prestados. Eso es lo que ellos llaman "vocación de servicios públicos".

O sea que, aunque muchos se despidan del coche oficial, van a seguir cobrando del erario público. Con una diferencia, ahora ya ni siquiera tendrán responsabilidades y sus nuevos jefes administrativos se las verán y desearán para ponerlos en algún sitio útil y hacerlos trabajar. Y ya saben lo difícil que es poner una máquina oxidada a funcionar, pues imagínense a una que lleva 20 años, desde la adolescencia militante, sin dar más palo al agua que darle a la mui para hablar mal de los demás.

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